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Viaje al pueblo de los ancianos

En el valle de Vilcabamba, Ecuador, los ciudadanos suelen vivir más de un siglo sin privarse del alcohol, el sexo ni el tabaco. Trabajan, suben montañas y tienen el cabello negro. El porqué es un misterio, pero los médicos no son los responsables de esa proeza de la buena salud.
¿Acaso el planeta entero debería mudarse a ese pueblo diminuto?

1. Algo pasa en Vilcabamba. Algo que le permite a su gente vivir ciento diez, ciento veinte y hasta ciento cuarenta años. No sólo viven mucho. Viven mucho con una salud envidiable y sin prestarle atención a los consejos médicos. Los habitantes de Vilcabamba, una provincia pequeña y oculta en Ecuador, tienen inclinación por los excesos insalubres: fuman como escuerzos y beben como cosacos. Sin embargo, a la edad en que cualquiera de nosotros muestra signos de deterioro, ellos están listos para seguir otros cuarenta años más. ¿Cómo hacen?

Aunque los censos internacionales señalan que la mayor expectativa de
vida se da en lugares como el Principado de Andorra, en Europa, o la isla de Okinawa, en Japón -sitios de alto nivel económico y estilo sosegado-, Vilcabamba les saca varias décadas de ventaja sin demasiado esfuerzo. Lo hace con una población que cuenta con pocos ingresos, malas condiciones sanitarias y trabajo duro de por vida. A pesar de eso, en el pueblo hay diez veces más centenarios que los que se puede encontrar en cualquier otro lugar. Es el misterio del valle.

2. Voy a ver qué pasa en Vilcabamba siempre y cuando la salud de mi padre me lo permita. Entro al cuarto de la clínica donde él está internado. Veo sus pies tapados por una sábana y a la mujer que lo cuida sentada en un sillón:

-Viste, te vinieron a visitar.

Desde que mi padre se internó, hace menos de una semana, lo visito dos veces por día. A la mujer es la primera vez que la veo. Por haber pasado la noche con él -cambiándolo de posición, dándole de comer y llamando al médico-, parece que obtuvo con mi padre una familiaridad varias veces superior a la que yo pude lograr siendo el hijo.

Me acerco a saludarlo. No es tan fácil darle un beso en la frente. Tengo que pasar por encima de la baranda de metal de su cama ortopédica. Me paro en puntas de pies, me sostengo sobre la baranda y cuando estoy sobre él, me doy cuenta de que por debajo de las sábanas él está atado.

Hay dos zonas del cerebro y tres del corazón que ya no le funcionan. A los ochenta y seis, ya tuvo varios infartos. Perdió la visión de uno de sus ojos y hubo que sacarle las paratiroides. Es diabético, hipertenso y se dializa. Aunque nadie estuvo dispuesto a escucharlos, sus riñones dijeron basta. Tuvo cuatro hemorragias digestivas, dos altas y dos bajas. Una cirugía de próstata y una arritmia cardiaca que responde bien a la medicación. Dejó de caminar. Intuyo que al principio fue por propia decisión. Ahora se le atrofiaron las piernas. Además tiene pie diabético. En el derecho, una lesión muy chica que nunca termina de curarse. En el izquierdo, un dedo menos.

¿Cómo harán los hijos de los ancianos en Vilcabamba? Si pueden vivir más de ciento veinte años significa que tienen hijos de noventa. Mi padre, por ejemplo, en el estado de salud en que se encuentra, tendría que atender a mi abuelo -no hace falta aclarar que mi abuelo estaría vivo-. Sería un desastre. Después de los noventa es poco decoroso no ser huérfano.

3. Viajo. Buenos Aires. Quito. Loja. Vilcabamba. A la entrada del pueblo hay dos carteles. En uno se le da la bienvenida al viajero que acaba de llegar y en el otro se le informa que el pueblo está a mil quinientos metros de altura sobre el nivel del mar, tiene unos cuatro mil doscientos habitantes y una temperatura promedio de veinte grados. Un poco más adelante hay otro cartel mucho más colorido y atractivo. «Welcome Vilcabamba». Allí se la cabeza de uno de sus habitantes. Un centenario. Un hombre tranquilo, listo para salir a trabajar.

En Vilcabamba dividen a los ancianos en dos grandes grupos: longevos y centenarios. Longevos son los que superan los noventa años y centenarios los que pasan los cien. Voy rumbo a la finca de uno de los centenarios que viven en la zona alta. El conductor es el mismísimo Lenin.

-¿Lenin te llamás? ¿Tu papá era del partido comunista?
-No, el nombre me lo puso mi abuelo que vivió hasta los ciento veintiséis años.
Bajamos del vehículo en casa de José Medina, habitante de Vilcabamba, ciento doce años.
-No contesta nadie.
-Es que el hombre está un poco sordo, pero tiene una hermana que oye bien.
-¿Qué edad tiene la hermana?
-Ciento cuatro.

Como nadie responde, suponemos que la mujer salió para hacer las compras. Pasamos el portón y entramos en la finca. Una casa humilde, de campo.

En el fondo hay un terreno donde los Medina cultivan parte de su alimento: lechuga, maíz y poroto. No se ve a nadie. Lenin se aleja por detrás de un monte y desde allí nos llama.

José Medina está trabajando con su azada. Nos mira un segundo, luego baja la cabeza y continúa como si nuestra presencia no le implicara la necesidad de detener la labranza. Víctor Carpio, el guía, me dice que me fije bien en lo que hace Medina. Él separa la hierba buena de la mala. Un trabajo para el que se necesita precisión en el golpe y buena vista. A los ciento doce años eso no le resulta un problema. Ni siquiera necesita anteojos. Usa la misma ropa que la mayoría de la gente de campo en Vilcabamba: pantalón de vestir y camisa blanca. En cambio yo, que vengo de visita, tengo un pantalón cargo con tratamiento impermeable y una camisa outdoor con tecnología dry fit.

Le pregunto si puede sentarse para conversar un poco. Se queda parado, apoyando el peso del cuerpo sobre el mango de la azada. Hace dos semanas el guía le trajo un grupo de canadienses que querían conocerlo y el mes pasado vinieron a entrevistarlo de la televisión de Hong Kong.
-Claro, ahora no me contesta porque está cansado de que lo vengan a molestar. Aunque yo hable en español, para él sigo siendo un extranjero.

-No te contesta porque no te escucha. Prueba de hablarle más alto.
Medina decide sentarse. Debajo del sombrero se le nota el pelo todavía negro. Le llega hasta la mitad de la frente.
El guía le hace una pregunta para viejos. No le dice «¿cómo está?» le pregunta cómo se siente.
-Bien, cuando fumo me mareo un poco.
-¿Cómo es eso que fuma? -le pregunto al guía.

Fuma chamico, una hierba que comenzó a ser utilizada en la antigüedad por los chamanes. Ahora es una costumbre de la gente del pueblo. Sus primeros efectos pueden ser comparados con los de la marihuana, después de algunas pitadas se le suman los de la cocaína. Trae alucinaciones, pensamientos fantásticos, pérdida de memoria, excitación y furia. También se le adjudican propiedades afrodisíacas, lo que es una lástima: el chamico es de las plantas más tóxicas. En síntesis, José Medina, el primer centenario con el que me encuentro en el valle, se droga. Es más, según cierta manera de pensar, se drogó toda la vida. Además de chamico, le gustan los cigarrillos que venden en los negocios. El tabaco común y corriente. Últimamente se marea pero no lo suficiente como para abandonar el vicio.

-Cuando era más joven -a los setenta años- fumaba mucho más.
-¿Le gusta beber?
-Ahora no. Desde los ciento seis que no bebo. De vez en cuando me vuelve la costumbre y me tomo un puro. No más de una vez por día.

El puro es un aguardiente similar al ron. Lo que queda en la punta del alambique. Se prepara con el desecho de la caña de azúcar y es de las bebidas más fuertes. De alta graduación alcohólica y despiadada con el hígado de quien la consume.

Explicaciones de que en Vilcabamba haya tantos centenarios: el ambiente natural, la alimentación orgánica, el aire puro, el agua no contaminada. En el valle, la naturaleza logró librarse de la mano nociva del hombre, de su capacidad destructiva. Por eso premió a sus hijos con buena salud y un bonus de cuarenta años de vida. Una recompensa por portarse bien y mantenerse dentro de los límites de la moral y las buenas costumbres.

Sin embargo, los representantes de la salud y de la vida sana mienten sobre Vilcabamba. En el valle se consume alcohol, tabaco y droga. A los amantes de la virtud les resulta insoportable que los vilcabambenses subsistan más tiempo y en mejores condiciones que los que no tienen vicios. Les parece injusto. ¿Qué es lo que está ocurriendo? ¿Por qué las prevenciones son tan ciertas fuera del valle y no tanto para los habitantes de la zona? ¿Cuál es la diferencia?
José Medina debe ser el hijo malcriado de la naturaleza, al que se le permite todo y no se le dice nada. Tiene ciento doce años, el pelo negro, la vista aguda y capacidad para trabajar. Pero, para decir la verdad, no escucha del todo bien. Finalmente pagó por sus «excesos» y se quedó un poquito sordo.

Fuente: Latam.msn.com

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